Ava Gardner: tres matrimonios, una pasión feroz con Frank Sinatra y una vida sentimental que desafió a Hollywood

    La llamaron “el animal más bello del mundo”, pero detrás de sus ojos verdes y su fama de mujer irresistible había una personalidad indomable. Se casó tres veces, conquistó Madrid y alimentó rumores que llegaron hasta la Casa Blanca. Nunca quiso ser la mujer que los demás esperaban.

    Hay mujeres que se convierten en leyenda por la manera en que las mira el mundo. Y hay otras que lo hacen porque, aun cuando todos intentan definirlas, siguen siendo un misterio. Ava Gardner perteneció a esa segunda categoría. Podían fotografiarla, convertirla en un mito, vestirla con los mejores diseñadores y colocarla bajo las luces de Hollywood, pero nadie parecía capaz de domesticarla. Ni siquiera los hombres que se enamoraron de ella.

    Tenía unos ojos verdes capaces de cambiar de expresión en una fracción de segundo, una boca que parecía guardar una respuesta mordaz para cualquier ocasión y una belleza que las revistas de la época describían como algo fuera de lo común. Sin embargo, Ava no quería ser solamente hermosa. No soñaba con convertirse en una esposa ejemplar, no tenía vocación de princesa y tampoco estaba dispuesta a renunciar a sus noches, sus amigos, sus copas ni a la libertad de elegir con quién acostarse y de quién enamorarse.

    En una época en la que los grandes estudios fabricaban estrellas y también controlaban sus vidas privadas, ella fue una mujer difícil de encasillar. Podía enamorarse hasta perder la razón, discutir a los gritos, marcharse de una casa sin mirar atrás y, tiempo después, recordar con ternura al mismo hombre que la había hecho sufrir.

    Su historia sentimental tuvo tres matrimonios, amantes célebres, relaciones turbulentas y un nombre que quedó unido al suyo para siempre: Frank Sinatra. Pero también estuvo atravesada por otras figuras, desde el millonario Howard Hughes hasta el torero español Luis Miguel Dominguín. Y circularon versiones sobre romances con hombres poderosos, entre ellos John F. Kennedy, aunque no todas esas historias cuentan con pruebas concluyentes.

    Ava Gardner no fue una mujer que esperara ser rescatada por el amor. Más bien parecía ponerlo a prueba, como si necesitara comprobar hasta dónde podía llegar una pasión antes de que se convirtiera en una jaula.

    Y, aun después de haber amado a algunos de los hombres más famosos de su tiempo, hubo uno al que nunca terminó de despedir.

    De Carolina del Norte al corazón de Hollywood

    Ava Lavinia Gardner nació el 24 de diciembre de 1922 en Grabtown, una zona rural de Carolina del Norte, Estados Unidos. Fue la menor de siete hermanos y creció en una familia que conoció las dificultades económicas de la Gran Depresión. Su infancia estuvo lejos de los salones elegantes, las fiestas interminables y las fotografías que más tarde la convertirían en una de las mujeres más deseadas del planeta.

    Su padre trabajaba en actividades agrícolas y madereras. La familia perdió parte de su estabilidad económica y tuvo que adaptarse a una vida más austera. Nada en aquellos primeros años parecía anunciar que una de sus hijas terminaría compartiendo escenas con Clark Gable y Gregory Peck, ni que su rostro ocuparía las tapas de las revistas más importantes del mundo.

    La entrada de Ava al universo del cine fue casi accidental. Una fotografía suya, tomada por su cuñado Larry Tarr, que trabajaba como fotógrafo, terminó exhibida en el escaparate de un estudio en Nueva York. Alguien vinculado con Metro-Goldwyn-Mayer (MGM) reparó en aquella joven de facciones extraordinarias y la convocó para una prueba.

    Ava Gardner era considerada una de las mujeres más bellas del mundo. (Foto: AFP)
    Ava Gardner era considerada una de las mujeres más bellas del mundo. (Foto: AFP)

    Ava viajó a Hollywood y firmó un contrato. Al principio, sus papeles eran pequeños y casi no tenía diálogos. Además, debió trabajar para corregir su marcado acento sureño y aprender las reglas de un ambiente que parecía dispuesto a moldear cada detalle de sus estrellas.

    La industria tenía un plan para ella: convertirla en una mujer sofisticada, misteriosa y seductora. Lo que no podía prever era que la personalidad de Ava iba a resistirse a ese proyecto tanto como su rostro parecía destinado a cumplirlo.

    En 1946, su interpretación en The Killers la convirtió en una figura de mayor relevancia. Después llegarían películas como Mogambo, por la que obtuvo una nominación al Oscar, y The Barefoot Contessa, que consolidó su imagen de mujer fascinante, sensual y trágica.

    La pantalla parecía haber encontrado en ella una femme fatale perfecta. En la vida real, Ava era bastante más compleja: tenía sentido del humor, disfrutaba de la compañía de sus amigos, detestaba las convenciones y podía ser tan generosa como explosiva.

    También tenía una relación particular con la fama. Aceptaba sus privilegios, pero no quería que nadie decidiera cómo debía vivir. Esa contradicción la acompañaría durante toda su vida, especialmente en sus relaciones amorosas.

    Mickey Rooney: el primer matrimonio y la velocidad de la juventud

    Ava tenía apenas 19 años cuando se casó con Mickey Rooney, el 10 de enero de 1942. Él era una estrella de Hollywood, famoso por sus películas y por una energía que parecía inagotable. Ella todavía estaba construyendo su lugar en la industria y comenzaba a descubrir un mundo que hasta hacía poco le resultaba ajeno.

    El matrimonio fue breve. La relación estuvo atravesada por las infidelidades de Rooney y por una vida social intensa, propia del ambiente cinematográfico. Ava no tardó en descubrir que compartir la vida con una celebridad no significaba tener una pareja presente.

    Se divorciaron en 1943. Para entonces, la joven actriz empezaba a comprender que la fama podía abrir puertas, pero no garantizaba la felicidad. Tampoco había aprendido todavía a reconocer qué clase de hombre podía acompañarla sin intentar controlarla.

    Su segundo matrimonio llegaría con alguien muy diferente. Si Rooney representaba la energía juvenil y la vorágine de Hollywood, Artie Shaw era un músico brillante y sofisticado. Ava se enamoró de él y se casaron el 17 de octubre de 1945.

    La relación duró poco más de un año y dejó una huella dolorosa. Shaw, que tenía una personalidad dominante, intentó influir sobre su formación y su manera de pensar. La animó a leer y estudiar, pero también contribuyó a debilitar su confianza.

    Ava tenía 22 años y todavía buscaba descubrir quién era, más allá de lo que los demás veían en ella. En aquella relación, el amor se mezcló con la sensación de no estar nunca a la altura de las expectativas del otro. Se divorciaron en 1946.

    Dos matrimonios, dos finales y una certeza que empezaba a tomar forma: no estaba dispuesta a quedarse en un vínculo porque ya había dicho que sí ante un altar. Pero todavía no había conocido al hombre que cambiaría para siempre su manera de recordar el amor.

    Frank Sinatra: cuando dos personas se enamoran en el peor momento

    Cuando Ava Gardner y Frank Sinatra comenzaron su relación, ninguno de los dos estaba atravesando un momento sencillo. Ella ya era una estrella en ascenso. Él, que había conocido un éxito extraordinario como cantante y actor, atravesaba una etapa profesional complicada. Su popularidad había disminuido, sus oportunidades cinematográficas eran menos frecuentes y su vida personal estaba en el centro de las controversias.

    Sinatra estaba casado con Nancy Barbato, su primera esposa, y tenía tres hijos. La relación con Ava provocó un escándalo que la prensa siguió con atención. Él terminó separándose de Nancy y, después de un período de conflictos y exposición pública, se casó con Gardner el 7 de noviembre de 1951.

    Frank Sinatra, el legendario cantante estadounidense, fue uno de sus grandes amores. (Foto: AFP)
    Frank Sinatra, el legendario cantante estadounidense, fue uno de sus grandes amores. (Foto: AFP)

    El comienzo de aquella historia tuvo algo de desafío. Sinatra estaba dispuesto a jugarse su vida familiar por una mujer que lo había deslumbrado; Ava, por su parte, no parecía dispuesta a retroceder frente a la desaprobación social.

    Se amaron con una intensidad que pronto se convertiría en el sello de la pareja. También discutieron con la misma intensidad. Ambos eran temperamentales, orgullosos y celosos. Los dos conocían la noche, disfrutaban de las fiestas y estaban acostumbrados a moverse en ambientes donde la admiración ajena formaba parte de la vida cotidiana. Ninguno parecía dispuesto a ocupar un segundo plano.

    Ava podía ser mordaz y desafiante. Frank, sensible a las humillaciones y a las señales de rechazo, reaccionaba con furia cuando sentía que perdía el control de la situación. Las discusiones se volvían explosivas y las reconciliaciones, apasionadas.

    En las fotos de la época se los ve juntos, sonrientes, elegantes, como si pertenecieran a una película cuyo final todavía no se hubiera escrito. Pero detrás de esas imágenes había una pareja que no conseguía encontrar un equilibrio duradero. La infidelidad fue uno de los conflictos de su matrimonio. También lo fueron los celos y la dificultad de ambos para convivir con las exigencias de sus carreras y sus personalidades.

    Sinatra necesitaba sentirse amado y admirado. Ava necesitaba conservar su independencia. Ninguno era indiferente al otro, pero tampoco sabía cómo proteger la relación de aquello que la desgastaba. La pasión, en lugar de resolver sus diferencias, parecía amplificarlas. Y, sin embargo, sería injusto reducir aquella historia a una sucesión de peleas. Ava consideró a Frank el gran amor de su vida. Décadas después, cuando ya no eran marido y mujer y sus caminos se habían separado, seguía hablando de él con una mezcla de cariño, bronca y nostalgia.

    Quizá porque algunas relaciones no terminan de verdad cuando se firma un divorcio. Dejan de tener un lugar posible en la vida cotidiana y pasan a instalarse en la memoria.

    En 1951, el mismo año de su casamiento, Sinatra grabó I’m a Fool to Want You, una canción que se convirtió en una de las interpretaciones más conmovedoras de su carrera. La letra habla del deseo de volver a alguien aun sabiendo que esa relación puede hacer daño.

    La canción no fue escrita solo por Sinatra ni puede afirmarse que cada una de sus líneas describa literalmente su matrimonio con Ava. Sin embargo, la actriz la consideraba personal y la asociaba con su historia.

    Frank Sinatra, a la derecha, junto a su hija Nancy de 14 años en el aeropuerto. (Foto: AFP)
    Frank Sinatra, a la derecha, junto a su hija Nancy de 14 años en el aeropuerto. (Foto: AFP)

    La música parecía decir aquello que los dos tenían dificultades para sostener sin lastimarse: que el amor puede sobrevivir a la decepción, pero no siempre consigue convertirla en algo soportable.

    Mientras Frank intentaba recuperar el lugar que había perdido en Hollywood, Ava consolidaba su carrera. En 1953 protagonizó Mogambo, junto a Clark Gable y Grace Kelly. Su actuación le valió una nominación al Oscar a mejor actriz y confirmó que su talento iba mucho más allá de su belleza.

    Pero el éxito profesional no resolvía las dificultades de su vida privada. La pareja se separaba y volvía a encontrarse. La reconciliación traía alivio, aunque no cambios duraderos.

    Gardner tampoco deseaba convertirse en madre dentro de una relación que consideraba inestable. En su vida posterior habló de dos abortos durante su matrimonio con Sinatra, una experiencia íntima que ayuda a comprender el costo personal de aquellos años. Ava no quería traer un hijo a un hogar en el que no encontraba la tranquilidad que consideraba necesaria. Tampoco estaba dispuesta a abandonar su carrera ni a entregar su vida a un papel doméstico que nunca había sentido como propio. La decisión tenía un precio emocional. Pero también expresaba una convicción: su vida no debía organizarse alrededor de las expectativas de los demás.

    En 1955, la relación llegó a una ruptura definitiva en la convivencia. Ava se instaló en España, mientras Frank permaneció en Estados Unidos. El divorcio se formalizó el 5 de julio de 1957. Para entonces, Sinatra había recuperado buena parte de su prestigio artístico. Su carrera volvería a crecer con fuerza, mientras Gardner iniciaba una etapa distinta, lejos de la maquinaria de Hollywood. Se habían separado, pero no habían conseguido dejar de quererse.

    Howard Hughes: el millonario que quiso conquistarla

    Antes y después de Sinatra, Ava despertó el interés de hombres acostumbrados a conseguir casi todo lo que deseaban. Uno de ellos fue Howard Hughes, empresario, aviador y productor de cine, dueño de una fortuna inmensa y de una personalidad tan excéntrica como reservada.

    Hughes quedó fascinado con ella y mantuvo una relación intermitente que se prolongó durante años. Le ofrecía regalos, ayuda y una atención que podía resultar abrumadora. Ava, sin embargo, nunca lo consideró el gran amor de su vida. Lo que la atraía de un hombre no se reducía a su dinero ni a su posición. Podía disfrutar del lujo, pero no estaba dispuesta a confundirlo con la felicidad. Y menos aún a aceptar que alguien comprara el derecho a decidir sobre ella.

    Howrd Hughes quedó fascinado por ella. (Foto: AFP)
    Howrd Hughes quedó fascinado por ella. (Foto: AFP)

    La relación con Hughes tuvo momentos conflictivos y episodios de violencia. Ava podía sentirse atraída por hombres poderosos, pero no parecía impresionada por el poder en sí mismo. En ese aspecto, era una mujer incómoda para su época. No necesitaba demostrar que podía vivir sin un hombre; actuaba como si esa posibilidad nunca hubiera estado en discusión.

    Leé también: Humphrey Bogart y Lauren Bacall: él era una leyenda, ella tenía 19 años y vivieron un amor que ni la muerte pudo destruir

    Hughes continuó orbitando alrededor de su vida durante un largo período, pero nunca consiguió ocupar el lugar que había tenido Sinatra. Ava podía mantener el afecto por distintas personas, incluso después de una ruptura, sin que eso significara que todas hubieran dejado la misma marca.

    Madrid, el flamenco y un torero

    España le ofreció algo que Hollywood no podía darle: la posibilidad de vivir sin que cada salida se convirtiera en un acontecimiento administrado por un estudio cinematográfico.

    Ava había visitado el país a comienzos de los años cincuenta y, después de su separación de Sinatra, se instaló en Madrid. Allí encontró una cultura que la seducía: el flamenco, las corridas de toros, las sobremesas interminables y una vida social que podía prolongarse hasta la madrugada.

    Le gustaba salir, beber, conversar y rodearse de artistas, escritores y personajes que no pertenecían al mundo del cine. En España podía ser una estrella internacional y, al mismo tiempo, una mujer que entraba en un bar, se sentaba con sus amigos y se quedaba hasta que amanecía.

    En ese ambiente conoció al torero Luis Miguel Dominguín, una figura célebre de la España de la época. Elegante, carismático y acostumbrado a la atención de las mujeres, Dominguín representaba una clase de masculinidad muy distinta de la de Sinatra.

    Ava junto a Luis Miguel Dominguín en el club nocturno Reno. (Foto: AFP)
    Ava junto a Luis Miguel Dominguín en el club nocturno Reno. (Foto: AFP)

    La relación fue intensa, aunque no terminó convirtiéndose en un proyecto de vida compartido. Dominguín estaba casado con Lucía Bosé, la actriz italiana, con quien había formado una familia. Su vínculo con Ava se desarrolló en medio de las contradicciones de una época en la que las infidelidades de los hombres poderosos podían ser conocidas por todos y, aun así, resultar socialmente toleradas.

    Gardner no buscaba presentarse como una mujer ejemplar ni pretendía que sus relaciones encajaran en una imagen respetable. Eso no significa que no pudiera sufrir por ellas. La libertad sentimental no la volvía inmune a los celos, a las decepciones ni a la soledad.

    Su vida en Madrid también la acercó a Ernest Hemingway. El escritor, que admiraba a las mujeres de carácter fuerte y había encontrado en España uno de sus grandes territorios literarios, compartía con ella largas conversaciones y noches de copas. Su vínculo fue estrecho, aunque resulta más prudente describirlo como una amistad intensa que afirmar, sin pruebas suficientes, que fueron amantes.

    Hemingway veía en Ava una mujer que parecía vivir de acuerdo con sus propios impulsos, sin demasiada preocupación por las convenciones. Ella, por su parte, encontraba en aquel círculo una forma de pertenecer a un mundo que no dependía de su condición de estrella.

    España terminó siendo mucho más que un escenario para sus romances. Fue el lugar donde Ava construyó una vida a su manera, lejos de la obligación de representar a la mujer perfecta.

    John F. Kennedy: el rumor que llegó a la Casa Blanca

    Entre las historias que rodearon la vida sentimental de Ava Gardner, pocas resultan tan atractivas como la que la vincula con John Fitzgerald Kennedy. El presidente estadounidense encarnaba una mezcla de poder, juventud, elegancia y magnetismo público que parecía salida del mismo universo de celebridades al que pertenecía la actriz. Ambos se movían en círculos sociales donde las fronteras entre Hollywood, la política y la alta sociedad podían volverse difusas.

    Otro de los hombres con los que vincularon a la actriz fue John F. Kennedy, expresidente de Estados Unidos. (Foto: AFP)
    Otro de los hombres con los que vincularon a la actriz fue John F. Kennedy, expresidente de Estados Unidos. (Foto: AFP)

    A lo largo de los años circularon versiones sobre un posible acercamiento sentimental entre ellos. Sin embargo, el vínculo no cuenta con una documentación concluyente que permita narrarlo como una relación amorosa comprobada, con fechas y acontecimientos precisos. Por eso, más que convertirlo en un romance confirmado, corresponde ubicarlo entre los rumores que alimentaron la leyenda de Gardner.

    George C. Scott: la pasión tampoco era garantía de felicidad

    Durante los años sesenta, otro actor entró en su vida: George C. Scott, conocido por su temperamento fuerte y por sus interpretaciones intensas. Se conocieron en 1964 y mantuvieron una relación turbulenta. Gardner relató experiencias dolorosas vinculadas con aquel vínculo, que describió como abusivo en sus memorias. La historia volvió a poner en evidencia una contradicción que acompañó buena parte de su vida: la capacidad de enamorarse de hombres intensos no garantizaba que pudiera construir con ellos una relación tranquila.

    No volvió a casarse después de Sinatra. Su vida sentimental siguió siendo objeto de especulaciones, aunque cada vez parecía más interesada en proteger su intimidad y disfrutar de las amistades que había construido lejos de los estudios.

    Hay una pregunta que acompaña las grandes historias de amor: ¿qué queda cuando la relación termina, cuando los proyectos compartidos se deshacen y cuando las personas que alguna vez fueron inseparables continúan sus vidas por separado?

    El director de cine y estrella George C. Scott junto a su esposa Trish. (Foto: AFP)
    El director de cine y estrella George C. Scott junto a su esposa Trish. (Foto: AFP)

    En el caso de Ava y Frank, quedó algo difícil de explicar. El matrimonio había sido demasiado conflictivo para sostenerse, pero el divorcio no consiguió borrar el afecto. A pesar de la distancia y de los años, mantuvieron el contacto. Sinatra siguió preocupado por ella y, cuando Ava sufrió un accidente cerebrovascular en 1986, estuvo pendiente de su salud. También la ayudó económicamente durante sus últimos años.

    No era el comportamiento de dos personas que habían conseguido convertirse en completos desconocidos. Era, más bien, el de dos que habían compartido demasiado como para que el tiempo pudiera volverlos indiferentes. La distancia no había convertido a Sinatra en un hombre perfecto. Tampoco había borrado las discusiones, las infidelidades ni los motivos por los que se habían separado. Pero Ava podía recordar al hombre que había amado sin necesidad de negar al hombre que la había hecho sufrir.

    Quizá esa sea una de las formas más difíciles del amor: aceptar que alguien puede haber sido, al mismo tiempo, una de las personas más importantes de nuestra vida y alguien con quien no era posible construir una vida en común.

    Ava murió el 25 de enero de 1990, en Londres, a los 67 años, después de sufrir problemas de salud, entre ellos las secuelas de un accidente cerebrovascular. Sinatra, que seguía unido a ella por un afecto que había sobrevivido a la ruptura, nunca llegó a despedirse de aquella historia de la misma manera en que se había despedido de su matrimonio. Y si algo demuestra la vida de Ava es que la pasión puede convertir a dos personas en protagonistas de una historia inolvidable sin garantizarles un final feliz.

    A veces, el amor de una vida no es aquel con el que conseguimos quedarnos. Es aquel al que, incluso después de haberlo perdido, seguimos encontrando en algún rincón de la memoria.

    La vida de Ava también llega a los escenarios porteños. En Casa Forest (Av. Forest 1169, Chacarita), Caro Angeu protagoniza la segunda temporada de un unipersonal inmersivo sobre la actriz, que recrea el clima de sus célebres fiestas madrileñas. Las funciones son los domingos a las 20, con entradas por Alternativa Teatral.

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    @cynthia.serebrinsky

    Amores Verdaderos es una serie de historias reales, contadas por sus protagonistas. En algunas de ellas, los nombres serán cambiados para proteger su identidad y las fotos, ilustrativas.

    Amores históricos cuenta romances reales de personajes que marcaron el devenir de nuestra historia.

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