En 1970, el jefe de la agencia de Inteligencia de los Estados Unidos le pidió a colaboración a la dictadura argentina. A cambio, le ofreció “lo que la Junta necesite”.
La respuesta no pasó a la historia porque la historia no fue conocida hasta muchos años después. De no haber existido esa respuesta, el baño de sangre que iba a desatarse en los años 70 en el continente pudo haber sido mayor y de consecuencias imprevisibles: podríamos vivir aún hoy la herencia de aquel desastre que no ocurrió.
El 15 de septiembre de 1970, hace cincuenta y seis años, Richard Helms, el jefe de la CIA, la agencia de inteligencia de los Estados Unidos, recibió en Washington al entonces jefe de la Junta Militar argentina, general Alejandro Lanusse, y le ofreció “lo que la Junta necesite”, a cambio de que Argentina participara en los esfuerzos estadounidenses para impedir que el presidente electo de Chile, el socialista Salvador Allende, asumiera el poder. Lanusse se negó con aquella respuesta histórica de la que jamás habló, como jamás habló de aquel encuentro suyo con el director de la CIA.
Todo lo que rodeó a aquella reunión secreta es un poquito intrincado, pero vale la pena reconstruirlo por si el tiempo juega al azar con la memoria. El 4 de septiembre de ese año, apenas once días antes de la reunión entre Lanusse y Helms, Chile había elegido presidente a Allende en elecciones libres y democráticas. Allende presidía entonces la Unidad Popular, una coalición que integraban los partidos Socialista, Comunista, Radical y Socialdemócrata, el Movimiento de Acción Popular, MAPU y la Acción Popular Independiente, API, que ganó la elección con cifras muy ajustadas: 36,6 por ciento de los votos, contra el 34,9 por ciento de su rival de la derecha, Jorge Alessandri, que había presidido Chile entre 1958 y 1964.
Ese resultado electoral exigía que el Congreso chileno ratificara a Allende como presidente en una sesión que se iba a celebrar el 24 de octubre; si Allende era ratificado, asumiría la presidencia el 4 de noviembre. Su triunfo electoral sacudió al gobierno de Richard Nixon, decidido a impedir la llegada de “otro Fidel Castro al continente”. Apenas once días después de la victoria del socialista chileno, la CIA ya implementaba un plan continental para impedir que el Congreso lo consagrara presidente. El desconcierto estadounidense había quedado reflejado por un mensaje al Departamento de Estado que dirigió, al día siguiente de las elecciones, el entonces embajador americano en Chile, Edward Korry. Con resignado fatalismo, el diplomático escribió: “Los, chilenos, tranquilamente, han elegido a un gobierno marxista”.
No todo estaba tan tranquilo en Chile. Y menos en la Casa Blanca. Nixon pidió a Helms un plan de la CIA para impedir la asunción de Allende, o la vía para derrocarlo ni bien hubiese asumido. También le impuso un plazo para presentar ese plan: cuarenta y ocho horas. ¿Quién era Richard Helms? Era un halcón de la CIA que, en 1963 había estado sospechado, lo está aún hoy cuando ha pasado más de medio siglo, de encubrir el asesinato de John Kennedy, si es que la CIA no armó la mano asesina. Para esta parte de la historia es indispensable la investigación volcada en JFK vs CIA, de Michael Calder. Durante años, Helms escaló los áridos peldaños de la agencia de inteligencia hasta llegar a dirigirla; era un fervoroso anticomunista y un apasionado de la mano dura en la política exterior de su país: en plena Guerra Fría, la CIA fue responsable de varios intentos de asesinar a Castro en Cuba.

¿Cómo llegó Helms a Lanusse? El jefe de la CIA tenía un amigo, Thomas “Tom” Polgar, otro de los “duros” de la agencia. Era un húngaro de Budapest que durante la Segunda Guerra había sido paracaidista aliado, y se había lanzado sobre Berlín cuando estaba a punto de caer en manos soviéticas para organizar allí tareas de espionaje y sabotaje. Helms y Polgar habían visto nacer a la CIA porque habían trabajado juntos en su antecesora, la Oficina de Servicios Estratégicos (OSS). En 1970, Polgar era jefe de la base de la CIA en Buenos Aires y fue a él a quien Helms le envió un mensaje urgente, una orden perentoria: le pidió que abordara “el primer avión hacia Washington junto con el jefe de la junta militar argentina, general Alejandro Lanusse”. Polgar cumplió de inmediato.
Para variar, el mundo político de entonces en Argentina no era un paraíso. Lanusse ya le había dado un giro a la dictadura militar instaurada en junio de 1966, tras el derrocamiento del presidente Arturo Illia por un golpe militar liderado por el general Juan Carlos Onganía, que había pretendido instaurar un Reich de veinte años. A su pesar, porque era un ferviente antiperonista, Lanusse había comprendido que la Argentina era ingobernable si no se permitía el retorno de Juan Perón, exiliado en España, y si no se habilitaba la participación electoral del peronismo, sin proscripciones de ningún tipo, incluida la del propio Perón.
Luego, Lanusse haría lo imposible porque Perón no retornara al poder del que había sido desalojado en septiembre de 1955 por un sangriento golpe militar, que se hizo llamar Revolución Libertadora. Perón había encarcelado a Lanusse por su participación en el alzamiento su contra liderado en 1951 por el entonces general retirado Benjamín Menéndez. Luego del derrocamiento de Perón, y a sus treinta y ocho años, Lanusse había sido jefe del Regimiento de Granaderos a Caballo y custodia del presidente de facto de la Libertadora, general Pedro Eugenio Aramburu.
El país era un polvorín en septiembre de 1970. En mayo, un grupo guerrillero peronista, hasta entonces desconocido y que se hacía llamar “Montoneros”, había secuestrado a Aramburu y lo había asesinado. Su cadáver apareció enterrado en una chacra de Timote, provincia de Buenos Aires, propiedad de los padres de uno de los guerrilleros. El asesinato hizo que Onganía fuese derrocado por sus propios camaradas, Lanusse incluido, y que llegara a su fin un gobierno ya resquebrajado por una gigantesca revuelta popular, el “Cordobazo”, en mayo del año anterior, y por una política económica que disparaba los precios y congelaba los salarios.

La presidencia la ocupaba entonces un oscuro general, casi desconocido, Roberto Marcelo Levingston, que en el momento de la caída de Onganía era agregado militar en la Embajada argentina en Washington. La tradición decía que el jefe de la Junta Militar debía ocupar el cargo vacante en la Casa de Gobierno. Pero en esos meses, el jefe de la Junta era el almirante Pedro Gnavi y, también lo decía la tradición, el heredero del poder debía ser un militar de Ejército. Lanusse llegaría a la presidencia en 1971.
Ese era el contexto, mucho más intrincado de lo que estas líneas sugieren, que rodeaba el viaje de Lanusse a Washington para entrevistarse con el director de la CIA, un viaje que el militar mantuvo en estricto secreto. Lo vistió en cambio con el ropaje de una visita de su hijo Marcos, inválido después de un accidente, a los médicos de Estados Unidos que trabajaban en su recuperación. Era verdad, pero a medias.
Lanusse y Polgar abordaron un avión a Washington el 10 de septiembre de 1970, tres días después de que, en un tiroteo con la policía en William Morris, provincia de Buenos Aires, fuesen muertos Fernando Abal Medina y Carlos Gustavo Ramus, sindicados como autores del secuestro y asesinato del general Aramburu. Cinco días después de salir de Buenos Aires, el 15 de septiembre, Lanusse estrechó la mano de Helms en el mítico cuartel general de la CIA en Langley, Virginia, para escuchar qué tenía que decirle el poderoso director de inteligencia de Estados Unidos. La reconstrucción de aquel encuentro fue revelada, y detallada, por el historiador Tim Weiner en su libro Legado de cenizas – La historia de la CIA.
Helms estaba inquieto cuando llegó a su encuentro con Lanusse: venía de hablar con Nixon que le había ordenado que organizara un golpe militar en Chile sin que lo supieran ni el secretario de Estado, ni el de Defensa, ni el embajador Korry en Santiago, ni siquiera el jefe de la base de la CIA en la capital chilena debía enterarse. Weiner revela que Helms había garabateado en un bloc las órdenes de Nixon y que esos garabatos decían: “Tal vez una posibilidad entre diez, pero ¡hay que salvar a Chile! 10.000.000 de dólares disponibles… Los mejores hombres que tengamos… Hacer chirriar la economía…” Años más tarde, Nixon, según las memorias de su mano derecha, Henry Kissinger, entonces asesor de seguridad de la Casa Blanca, diría que había que “hacer crujir la economía chilena” y aportó para eso cuarenta millones de dólares. Y ya en los días previos al golpe que derrocaría a Allende el 11 de septiembre de 1973, el presidente fue más claro y específico con Kissinger: “Vayan allá y patéenles el culo”.

Poco después de su encuentro con Lanusse, Helms, que estaba bajo la supervisión directa de Kissinger, esbozó en tiempo récord, esos eran los deseos de Nixon, dos planes alternativos para el “Caso Allende” que fueron bautizados sin demasiada imaginación, “Vía Uno” y “Vía Dos”. El primero contemplaba la guerra política, la presión económica y una intensa campaña publicitaria contra las todavía futuras autoridades democráticas chilenas. La “Vía Uno” también contemplaba la compra de votos en el Congreso chileno para evitar la confirmación de Allende como presidente. Si todo eso fallaba, el embajador Korry había propuesto convencer al presidente saliente, Eduardo Frei Montalva, para que diera un golpe constitucional que condujera a nuevas elecciones. La “Vía Dos” era el golpe militar. Las dos opciones fueron exploradas y en algún modo iniciadas al menos en parte, pero nunca se llevaron a cabo en aquellos agitados días.
Polgar, que conocía muy bien a Helms, supo o intuyó que su amigo estaba desesperado cuando tendió la mano a Lanusse. Después de las formalidades, el jefe de la CIA fue directo a lo que le interesaba. Cuenta Weiner en su libro: “Helms se dirigió al general Lanusse y le preguntó qué quería su junta por ayudar a derrocar a Allende. El general argentino miró fijamente al jefe de la inteligencia estadounidense. ‘Señor Helms –le dijo– usted ya tiene su Vietnam; no me haga a mí tener el mío”.
Esa fue la frase histórica que no pasó a la historia porque Lanusse jamás dijo nada sobre su encuentro con Helms, ni sobre qué le había propuesto el jefe de la CIA. Es más, cuando volvió al país mintió a los periodistas, o los despistó, cuando le preguntaron sobre eventuales conversaciones suyas en Washington sobre la realidad chilena. Lanusse negó lo que la prensa intuía, dijo que no habían habido charlas políticas en su viaje a Estados Unidos y también calló el episodio en sus tres libros de memorias: Mi testimonio, Testigo y protagonista y Memorias de un general. Quién sabe cuál hubiese sido el destino del sur del continente si Lanusse hubiera aceptado la oferta y las intenciones del director de la CIA.
Tampoco habló de su encuentro con Helms cuando un año después, el 23 de julio de 1971, Lanusse, ya presidente de facto, se abrazó con Allende en Salta. No era la primera vez que se veían, ni sería la última. Ambos se habían conocido en 1966, cuando Allende fue derrotado por Frei en las elecciones generales chilenas, y volvieron a verse el 25 de mayo de 1973, cuando el presidente chileno fue uno de los invitados de honor a la asunción del peronista Héctor J. Cámpora, a quien Lanusse le entregó el bastón y la banda presidencial.
En Salta, todo fue cordialidad entre los dos mandatarios. Al mostrarse junto a una figura en las antípodas de su pensamiento, Lanusse abría el juego de su proyecto político, el Gran Acuerdo Nacional, que apuntaba a la recuperación de la democracia en el país. En su discurso frente a Allende, rechazó la política de las “fronteras ideológicas” que trazaban con puño de hierro Nixon, Kissinger, Helms y sus muchachos y que, en este extremo del continente, seguía al pie de la letra el tercero de los presidentes de la dictadura militar brasileña, general Emilio Garrastazú Médici.
No es que Lanusse creyera en verdad en el rechazo a las fronteras ideológicas, sólo que su enunciado le servía para afirmar su propia estrategia política que toreaba a Perón, tendía una mano cauta y recelosa al peronismo y que le permitía acaso pensar en su propia candidatura presidencial en las siguientes elecciones, tal vez un cara a cara con Perón. Es probable que pensara en eso, o acaso haya recordado su charla con Helms, cuando dijo en Salta: “Ninguna nación puede sustituir a otra en la determinación de sus propios objetivos y en la búsqueda de los medios más adecuados para alcanzarlos”.
Los analistas de aquel encuentro hablaron de “un espíritu de Salta” al definir el abrazo Lanusse-Allende. Era un rótulo optimista y generoso que trató de poner cascabeles a una declaración conjunta, rígida y formal, que ratificó apenas un acuerdo comercial y un convenio entre los bancos nacionales de los dos países. Los documentos llevaron la firma de dos funcionarios que también estaban en las antípodas en materia de ideas, muy gentiles y educados ambos, pero lejísimos los dos de un “espíritu salteño”. Por Argentina firmó el canciller Luis María de Pablo Pardo, un visceral antiperonista como Lanusse, y por Chile lo hizo su par, Clodomiro Almeyda, dirigente del Partido Socialista, que se había graduado como abogado en 1948 con su tesis: “Hacia una teoría marxista del Estado”.

Con todo, y cuando podría haber habido un ambiente de sepultura, hubo espacio para el humor durante la recepción oficial. Cuando los dos presidentes se disponían a escuchar los himnos, Lanusse, que era el anfitrión, se quejó con un gesto tallado en su cara siempre adusta: “Ya tenemos una falla en el protocolo”. Allende, sorprendido y curioso, miró a uno y otro lado y después murmuró: “Yo no veo falla alguna, general”. Y Lanusse: “Bueno, me han puesto a mí a la izquierda y a usted a la derecha…”
Richard Helms fue barrido de la CIA meses antes del golpe militar contra Allende, por un Nixon indignado por su inacción. Fue luego embajador en Irán entre 1973 y 1976. Murió en octubre de 2002, a los 89 años. Su amigo Tom Polgar saltó de América Latina a Asia. En 1972 fue jefe de la estación de la CIA en Saigón, hoy Ho Chi Minh, hasta el final de la guerra de Vietnam en 1975. Murió en marzo de 2014 a los 91 años.
Salvador Allende fue derrocado el 11 de septiembre de 1973 por un sangriento golpe militar que lideró el general Augusto Pinochet, que sería dictador de Chile hasta 1990. El golpe, financiado y apoyado por la CIA y el gobierno de Nixon, fue la culminación del plan presidencial para hacer crujir la economía chilena. Allende se suicidó en el Palacio de la Moneda el mismo día del golpe.

Richard Nixon, trigésimo séptimo presidente de Estados Unidos, no llegó a terminar su segundo mandato iniciado en enero de 1973. Acosado por el escándalo de Watergate y sospechado de haber intentado obstruir a la Justicia en la investigación del caso, renunció el 9 de agosto de 1974. Fue el primero de los presidentes de Estados Unidos en renunciar. Murió el 22 de abril de 1994, a los ochenta y un años.
Alejandro Lanusse dio fe en sus memorias de los valores de la democracia. Después de haber bloqueado la candidatura de Perón para las elecciones de marzo de 1973, enfrentó el aluvión electoral que llevó al poder a Héctor Cámpora. En su discurso de despedida de la Casa Rosada, agradeció a los argentinos “en nombre de un gobierno al que no eligieron, pero que les permitió elegir”. En 1985 dio un crudo y vibrante testimonio contra los jefes militares del “Proceso”. Fue a raíz del secuestro y asesinato de la diplomática Helena Holmberg y del secuestro y desaparición de Edgardo Sajón, uno de sus principales asesores durante su presidencia. Murió el 26 de agosto de 1996, dos días antes de cumplir setenta y ocho años.

