Más allá de guardar recuerdos, fotografiar puede ayudarnos a detenernos, prestar atención al entorno, conectarnos con emociones positivas y encontrar pequeños momentos de disfrute en la vida cotidiana.
Cada 19 de agosto se celebra el Día Mundial de la Fotografía, una fecha que recuerda el valor de una práctica que atraviesa generaciones. Pero sacar una foto no solamente sirve para conservar un momento: también puede convertirse en una forma de detenerse, mirar con más atención y conectarse con aquello que nos hace bien.
En una época atravesada por la velocidad, las pantallas y la necesidad de responder constantemente a estímulos, elegir qué fotografiar obliga, aunque sea durante unos segundos, a dirigir la atención hacia algo concreto: una persona querida, un paisaje, una mascota, una comida, una escena cotidiana o simplemente un detalle que normalmente pasaría inadvertido.
Un estudio realizado con participantes que tomaron diariamente fotografías orientadas a generar emociones positivas encontró un aumento del afecto durante las semanas de la intervención. Quienes fotografiaban cosas que los hacían felices también describieron una mayor tendencia a reflexionar y apreciar aspectos cotidianos que antes podían pasar por alto.
Fotografiar también es aprender a prestar atención
Una de las características particulares de la fotografía es que obliga a mirar. Antes de apretar el botón hay una elección: qué entra en la imagen, qué queda afuera, desde dónde observar y qué merece ser registrado. Ese proceso puede favorecer una relación más consciente con el entorno.
En investigaciones sobre prácticas de “una foto por día”, algunos participantes describieron justamente ese efecto: fotografiar los impulsaba a observar nuevamente el mundo, buscar detalles y dedicar unos minutos diarios a algo creativo. El estudio vinculó esta práctica con distintas dimensiones del autocuidado y el bienestar.

No significa que sacar fotos sea un tratamiento para la ansiedad, el estrés o la depresión. La evidencia disponible es todavía limitada y la fotografía no reemplaza la atención profesional cuando existe un problema de salud mental. Sin embargo, sí puede funcionar como una actividad cotidiana capaz de generar disfrute, reflexión y una pausa dentro de la rutina.
Incluso una consigna sencilla puede modificar la manera de mirar. Buscar cada día algo lindo para fotografiar puede llevar a prestar atención a situaciones que normalmente quedarían absorbidas por la urgencia: una luz particular entrando por una ventana, una planta que floreció, una reunión familiar o una caminata.
Las fotos también nos conectan con nuestra propia historia
Fotografiar tiene otra característica poderosa: permite construir memoria. Una imagen puede recuperar algo que ocurrió hace años, pero también las emociones asociadas con ese momento. Cuando miramos fotografías antiguas, no solamente reconocemos personas o lugares: muchas veces reaparecen conversaciones, etapas de la vida y vínculos.
Ese componente emocional también fue estudiado en intervenciones basadas en fotografía. Un ensayo controlado realizado durante la pandemia encontró resultados preliminares favorables sobre bienestar en personas que participaron durante dos semanas de una actividad fotográfica orientada a registrar aspectos positivos de su experiencia.
Otra investigación exploró el uso de fotografías de momentos significativos como una herramienta para trabajar conceptos como gratitud, sentido vital y satisfacción con la vida.
Las imágenes también pueden cumplir una función social. Mandarle una fotografía a alguien, compartir un recuerdo o mostrar algo que nos llamó la atención puede ser una manera sencilla de mantener un vínculo.
En uno de los estudios sobre fotografía cotidiana, las personas que sacaban imágenes pensando en hacer sentir bien a alguien más señalaron que esa interacción con familiares y amigos podía ayudarlas a sentirse más conectadas y tranquilas.

