En medio del monte del Chaco Salteño, donde el calor agrieta la tierra y el acceso a la salud depende de caminos que casi no existen, encontramos a esta pequeña. Su mirada lo dice todo: cansancio, silencio, una infancia obligada a crecer demasiado rápido.
Su piel reseca, el rostro marcado por infecciones cutáneas sin tratar, el cabello opaco y frágil … signos que en medicina no son detalles, son alertas. Detrás de esa carita hay carencias acumuladas: falta de controles médicos, mala alimentación, agua insegura y un entorno donde enfermarse es casi una condena si nadie llega.

Ahí estuvo Marina Palacios, enfermera, arrodillada frente a ella, con la misma altura, la misma paciencia y el mismo respeto que se le da a cualquier paciente en el mejor hospital del mundo. Con su estetoscopio, sus manos y su voz suave, hizo mucho más que auscultar un pecho: escuchó una historia de vulnerabilidad que el sistema nunca oyó.
En lugares como este no se atienden “casos”, se atienden realidades duras, repetidas y evitables. Cada niña y cada niño que vemos carga en su cuerpo la evidencia de una desigualdad que enferma antes de que puedan defenderse.
Pero no podemos hacerlo solos.
ENASHU – Ayuda Médico Humanitaria
