Argentina-Brasil: una rivalidad que queda solo en el fútbol pese a las diferencias entre los actuales gobiernos

    (*) Columnista invitado. Pese a las distintas visiones ideológicas entre Milei y Lula, cuatro décadas de cooperación construyeron un vínculo estratégico difícil de alterar. El comercio, el Mercosur y las agendas compartidas muestran una interdependencia que trasciende las diferencias.

    El fútbol es la única rivalidad entre Argentina y Brasil que sus sociedades reconocen como tal y que perdura a lo largo del tiempo. Ya sea en el número de campeonatos mundiales o en la cantidad de partidos ganados, la competencia existe, no puede negarse. Pero, aun así, no deja de ser una rivalidad amistosa, colorida. Esta contrasta con la naturaleza de las relaciones bilaterales en el resto de las esferas, donde predomina la cooperación y la amistad estratégica.

    Este camino hacia la construcción de una relación amistosa, estable y duradera, basada en la confianza mutua, comenzó de manera sostenida en la primera mitad de los años ochenta, cuando ambos países iniciaron el proceso de transición de los gobiernos autoritarios a la democracia. Tuvo dos protagonistas: los presidentes Raúl Alfonsín y José Sarney. Dos estadistas, que entendieron que la democratización, la cooperación bilateral, el estrechamiento de las relaciones, y -a futuro-, la integración regional, eran procesos que se retroalimentaban y tenían un impacto mutuamente beneficioso.

    Los primeros encuentros bilaterales y los acuerdos-marco alcanzados fueron los pilares para lo que luego sería el MERCOSUR y el sistema de cooperación y control en el campo de la tecnología nuclear. Este legado político fue consolidado en los sucesivos gobiernos, constituyéndose en una “política de estado”, suprapartidaria, cuyo valor estratégico está por encima de cualquier diferencia política o ideológica entre los presidentes.

    Hace algunos días, las relaciones entre ambos gobiernos se vieron alteradas por tensiones ocurridas en el contexto de las elecciones presidenciales brasileñas. Ya en otras oportunidades, presidentes de perfiles políticos opuestos enfriaron el vínculo bilateral. Sin embargo, teniendo en cuenta que Brasil es un eje estratégico central de la inserción internacional de Argentina, es útil evaluar los factores contextuales que pueden estar impactando en ese vínculo y subrayar las áreas en donde puede potenciarse esa relación en el mediano y largo plazo.

    El Mercosur y los vínculos comerciales hacen que la interdependencia entre Brasil y la Argentina trascienda las diferencias ideológicas (Foto: REUTERS/Kiko Sierich)
    El Mercosur y los vínculos comerciales hacen que la interdependencia entre Brasil y la Argentina trascienda las diferencias ideológicas (Foto: REUTERS/Kiko Sierich)

    El primer punto para destacar es que la relación bilateral está condicionada por modelos de inserción y visiones del orden global que difieren entre sí. La política exterior argentina combina alineamiento político con Estados Unidos y diversificación comercial en múltiples mercados. En términos financieros se apoya en la ayuda de Washington y de los organismos internacionales de crédito, a la vez que renueva el respaldo de China con un swap de monedas.

    El gobierno de Milei es crítico del multilateralismo y de las organizaciones internacionales, así como de la agenda 2030, ya sea por sus contenidos o por considerar que le imponen compromisos que lo limitan. Su diplomacia presidencial es activa, aunque privilegia su participación en foros políticos partidarios o en eventos académicos.

    A diferencia del anterior, Brasil desarrolla una política exterior de “hedging”multialineamiento”, que rechaza la política de bloques y los alineamientos rígidos, y busca equilibrar sus vínculos con Estados Unidos y China. Aspira a un mundo multipolar y a reformas en instituciones como las Naciones Unidas y el Fondo Monetario Internacional. Es proactivo dentro de las organizaciones internacionales y los foros multilaterales como IBSA, BRICS y G20, donde promueve una agenda comprometida con el cambio climático, la perspectiva de género y el desarrollo sostenible. Busca diversificar el comercio y las alianzas políticas, a través de mayores vínculos con Europa, India y el Sur Global.

    A pesar de los posicionamientos diferentes y de las tensiones diplomáticas recientes, existen diversas áreas que dan cuenta de la relevancia del vínculo bilateral y del carácter interdependiente de su relación. Como países vecinos con una agenda bilateral intensa y como miembros del Mercosur, los intercambios diplomáticos -institucional son muy estrechos y activos.

    Los flujos comerciales son elementos fundamentales que vinculan a ambas economías. Brasil es el primer socio comercial de Argentina y el mercado argentino es el tercer destino de las exportaciones de Brasil, después de China y EEUU. En 2025 el comercio transfronterizo superó los 30.000 millones de dólares y es importante destacar que ese comercio es principalmente de manufacturas industriales.

    Ambos países son socios comerciales de primer orden. También las inversiones instaladas y las cadenas de valor consolidadas en las últimas décadas, construyen una matriz económica y productiva interconectada, que tiene un dinamismo propio y un enorme potencial para expandirse en el futuro.

    Lula está lanzado de lleno en la campaña presidencial de las elecciones de octubre. (Foto: REUTERS/Mateus Bonomi)
    Lula está lanzado de lleno en la campaña presidencial de las elecciones de octubre. (Foto: REUTERS/Mateus Bonomi)

    El Mercosur es otro factor central. La firma del acuerdo con la Unión Europea aceleró su agenda de negociaciones comerciales. En una economía global fragmentada, el Mercosur crea oportunidades mutuamente beneficiosas para sus socios. En un orden político global disputado, el bloque puede ser ancla geopolítica que aumente los márgenes de acción y los objetivos autonomistas de sus socios.

    También existen complementariedades en el campo energético, fundamentalmente en gas natural, líquido de gas y cooperación nuclear. Pero las oportunidades de negocios dependen de acuerdos de largo plazo, marcos regulatorios estables y cooperación técnica. En un mundo donde la seguridad energética es un objetivo prioritario, la integración energética regional sería un activo estratégico para ambos países.

    La seguridad y, principalmente, la cooperación en la lucha contra el crimen organizado trasnacional está altamente institucionalizada a través de la coordinación entre ministerios, agencias de inteligencia y fuerzas de seguridad. Lo mismo puede observarse en el plano militar, donde la cooperación es sostenida e incluye la participación en ejercicios militares, intercambios de información, entrenamientos conjuntos y proyectos en industria de defensa.

    Por último, la cooperación en ciencia, tecnología y en educación superior ha ido prosperando en las últimas décadas. Acuerdos entre instituciones estatales de investigación y desarrollo, programas de intercambios entre universidades de ambos países han avanzado de manera sostenida, a pesar de la asimetría de recursos presupuestarios que ha crecido en los últimos diez años. Hay un enorme potencial en el desarrollo tecnológico y la economía del conocimiento, que la cooperación bilateral puede explotar a mediano y largo plazo.

    Desde aquel legado de Alfonsín y Sarney, se ha construido un vínculo muy estrecho, con múltiples canales, flujos transfronterizos dinámicos y agendas comunes. En una relación estratégica como la de Argentina y Brasil pueden surgir desacuerdos, porque no siempre existe armonía. La relevancia de este vínculo requiere de liderazgos que permitan superarlos. Por eso, esta relación bilateral debe preservarse de los roces entre gobernantes con personalidades e ideologías diferentes, para consolidarse sobre la base del diálogo entre estadistas. En tanto, la rivalidad amistosa permanecerá, sí, pero sólo en el fútbol.

    *Elsa Llenderrozas, directora del Comité de Asuntos Latinoamericanos del Consejo Argentino para las Relaciones Internacionales (CARI).

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