A un mes del doble terremoto que sacudió el centro del país, son más de 5300 los muertos confirmados oficialmente y las plataformas de la sociedad civil reportan más de 29 mil desaparecidos. Mientras tanto, crecen los reclamos por la inacción y la opacidad del gobierno de Delcy Rodríguez. Mirá el documental de Carolina Amoroso y Martín González.
Dos sismos, separados por tan solo 39 segundos, alcanzaron para reducir a nada miles de sueños. En poco más de un minuto se llevaron la vida de hombres, mujeres y niños que pasaban un feriado en alguno de los lugares alcanzados por el doble terremoto que sacudió el centro de Venezuela el 24 de junio.
La tierra movió los cimientos de todo lo que creían seguro. El doblete sísmico conjugó un primer temblor de magnitud 7.2 con un segundo de 7.5. Rápidamente, comenzaron a registrarse daños severos en edificios de la propia capital, Caracas, y de otros puntos del país. Pero el desastre mayor se daba a unos pocos kilómetros, en el corredor costero de La Guaira, un lugar que, en menos de un minuto, fue escenario de la devastación total.
A medida que pasaban los días y se cerraba la ventana de tiempo crítica para la búsqueda y el rescate, crecía la desesperación de quienes buscaban recuperar a sus seres queridos. Aun si no mediaba un milagro, rogaban poder rescatar los cuerpos para darles un final digno. Entre quienes lo perdieron todo, muchos eligieron aferrarse a la fe: a la certeza de que sobrevivieron para construir memoria, para honrar a quienes fueron su vida.
La tragedia expuso y acentuó el desamparo en el que ya vivían muchos venezolanos, y abrió también camino a preguntas sobre las condiciones en las que se construyeron los edificios que se desplomaron. Pero así como obligó a reflexionar sobre las responsabilidades, el desastre también sirvió para exponer los lazos de una sociedad civil que, junto con la asistencia internacional, construyó su propia red de ayuda y solidaridad.

Hoy, los sobrevivientes de la tragedia en Venezuela se enfrentan al riesgo de una crisis sanitaria, a la preocupación por dónde vivirán y al trauma de las pérdidas irreparables y de las miles de personas que siguen desaparecidas.

Mientras tanto, muchos de ellos se preguntan qué será de sus destinos cuando la tragedia ya no sea noticia. Cuando su sufrimiento se convierta en ruido de fondo para el interés del mundo.
Esta es la historia de un país al que la tierra le quitó todo en 39 segundos. Pero también es la historia de un pueblo que busca, entre los escombros, la memoria y la dignidad de los suyos.

